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Una pregunta para jugar menos videojuegos
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Una pregunta para jugar menos videojuegos

Hay hábitos poco saludables que traen consecuencias negativas. Desactivarlos es una tarea lenta y difícil. Pero no imposible. Eso sí, hay que ser creativos y poner el cuerpo.

21 / 04 / 2022

Para lograr que alguien haga o deje de hacer algo hay que diseñar una estrategia discursiva. Es distinto decirle a una persona “El trabajo que estás haciendo no sirve” a “Si cambiás de trabajo vas a ganar más dinero”. Que la realidad y la palabra choquen como dos trenes de frente no suele dar resultados positivos. Ni siquiera cuando son temas de vida o muerte.

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Aclaración previa: es muy difícil lograr cambios en otra persona. El cerebro humano está entrenado para no estresarse y tomar siempre el camino más corto e inmediato. Un atajo. Un sesgo. Ante todo, cuando nuestro objetivo es que alguien cambie un hábito, hay que tener paciencia. Siempre es más fácil retar. Pero es completamente inútil.

Ahora sí. Continuemos.  

Primero, un ejemplo. Ya hace años que las empresas tabacaleras tuvieron que agregar en su packaging, y muy visibles, imágenes de fetos muertos, pulmones con cáncer y bocas agujereadas por el consumo de tabaco. No debe haber nada peor que eso para una marca. Te obligan a decir de forma explícita que si consumís ese producto vas a dañar severamente tu salud. Bien. ¿Cuánto bajó el consumo de tabaco desde que aparecieron esas fotos? Casi nada.

En marketing se ha comprobado que ningún texto, pieza gráfica o video, por más atractivo y bien producido que esté, despierta el deseo de hacer o consumir algo que no le gusta o no le interesa al cliente. El deseo suele estar instalado en la persona. Una buena frase o una imagen impactante pone en movimiento ese deseo y moviliza al consumo. Pero no tuerce voluntades. En la construcción del deseo –tema complejísimo– intervienen factores diversos, desde la ideología hasta las tradiciones familiares. Además, es un proceso lento.

En los cigarrillos, de las fotos con enfermedades, que fueron prácticamente inútiles, se pasó a una serie de frases. Ninguna dice Dejá de fumar. O la clásica Fumar es perjudicial para la salud. Las frases están escritas con una fuerte estrategia discursiva detrás. Son golpes bajos que apelan a los miedos más básicos y profundos. Fumar causa impotencia sexual. Tus hijos te copian. El humo del cigarrillo mata a tu familia. Fumar puede causar amputación de piernas. Y así varias.

Este catálogo de frases tampoco fue del todo exitoso. Aunque mejoró el resultado de las fotos, tampoco ganó demasiado terreno. Lo que sí consiguió atacar el hábito de fumar con mayor eficiencia fue una campaña que tenía como eje central una idea de tinte sociopolítico: No dejes que las tabacaleras te engañen. Ahí la discusión cambia de enfoque. En lugar de atacar la costumbre de fumar, posiciona sin escalas al fumador en el rol de persona que perdió la discusión. Sos víctima de un engaño, te manipulan, hay cosas que no sabés: entrelíneas te dicen que estás jugando el papel de estúpido.

Fumar hace mal, está científicamente comprobado. Pero decir que fumar hace mal no sirve para nada. El veganismo no te dice en la primera que el consumo de carne genera tal o cual problema. Te muestra un ternerito hermoso con la frase No me mates. Eso es construir una estrategia discursiva.

Todo este prólogo viene a cuenta de un problema serio para los chicos y las chicas de este tiempo de hiperdigitalización: el sedentarismo. Pasan horas jugando con las consolas de videojuegos y cada vez mueven menos el cuerpo. De nada sirve decir “Andá a hacer deporte”, “Basta de jugar todo el día con la pantalla”, “Te va a hacer mal a la vista”, “Se te va a pudrir el cerebro” entre otras variantes de uso cotidiano. Hay que atacar el problema desde un ángulo creativo. Y poner el cuerpo. Ante todo poner el cuerpo.

Un buen primer paso es formular preguntas. Pero no cualquier pregunta. La estructura de la pregunta tiene que obligar al niño a construir una respuesta, un concepto elaborado. Si uno pregunta, por ejemplo, ¿Podés de dejar de jugar con esa máquina todo el día? No está dando lugar a que se active ningún proceso reflexivo. Más que una pregunta, estamos profiriendo una amenaza.

Distinto es preguntar ¿A qué estás jugando? Eso, tan simple, obliga a armar una explicación. ¿Y de qué se trata? Otra explicación, esta vez de potencia narrativa. ¿Me enseñás a jugar? Otra explicación, esta vez de muchísimo mayor complejidad porque obliga al chico a revisar lo que sabe para explicarlo. Académicamente se llama pedagogía. Ahí el diálogo ya cambió de ángulo.

Vale la pena aprender qué hacen los chicos y por qué lo hacen. Para desarticular, primero hay que articular. En el arte, territorio creativo por excelencia, hay una idea muy fuerte en este sentido: Para destruir primero hay que construir. Y mucho. Una vez dentro de este diálogo donde aparecen las explicaciones, la pedagogía, los nuevos conceptos, el aprendizaje, la enseñanza y la lectura crítica se van a abrir nuevas perspectivas desde ambas partes.

En ese proceso va a aparecer el momento de hacer otra pregunta, tan simple y fundamental: ¿Qué otra cosa te gusta hacer?

Este recurso se puede extender más allá del vínculo directo con un niño. Se puede aplicar a grupos que necesitan repensar sus hábitos, sus acciones y el rumbo que están dibujando sus costumbres. Aplica a un jugador de básquet, a un equipo completo, a un departamento de marketing y a un niño que está seis horas al día frente a la pantalla porque nunca se detuvo a pensar qué otra cosa le gusta hacer. Tal vez porque nadie se lo preguntó.

por Agustín Marangoni

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